Offered by: Pace & Sons
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Showrooms

Corso del Rinascimento 30
*Roma 00186
Italy

Caballo

$ 55,000
  • Description
    Graduated in Fine Arts at the Faculty of Fine Arts of the University of Seville in 2015. Previously, in the 2013/14 academic year, he received an Erasmus grant for the Accademia di Belle Arti in Rome, Italy. At his graduation, he obtained the award for the best academic record of his class, for which he would be recognized with the award for university excellence from the Real Maestranza de Caballería de Sevilla. He expands his training with different scholarships such as the Scarpia XVII residence scholarship, in the Cordovan town of El Carpio or the prestigious "Antonio Gala Foundation for Young Creators" scholarship, 2015-2016, a fundamental experience for their subsequent creative process. His training continued with courses such as the IV Course on Realism and Figuration by Antonio López García, at the Casa Ibáñez Museum in Olula del Río or the Workshop Meeting and Didactic Laboratory within the exhibition “Spinario. Storia de Fortuna ”that took place at the Capitoline Museum in Rome in 2013.
    Despite his youth age, he accumulates prestigious awards and recognitions such as the Acquisition Award of the Villa de la Rinconada, 2018; the Acquisition award of the XVI
    Gibraleón National Painting Contest, 2017; the first prize in the XXVIII Painting Contest of the city Álora, 2017; the honorable mention in the XV Young Creation Contest of the University of Seville or the Acquisition Prize of the XXII Plastic Arts Contest of the University of Seville, CICUS. He has recently received the Grand Prize of the Rector of the II Loyola Andalucía University Contest for his work Red Portrait. Currently, one of his works is part of the TRANSATLÁNTICO exhibition, in Jersey City, United States, at Mana Contemporary together with other international artists. During the year 2021,two solo exhibitions, in the museum of Faro, Portugal and in Palazzo delle Pietre, Rome.
    CUERPO, CABALLO, FIGURA Sergio Romero Linares


    DEL NEGRO AL BLANCO, LA VIDA
    
“Mientras la ciencia tranquiliza, el arte perturba” (George Bracque)
    El negro es más que un color. Es un tiempo. Es una expresión. Es una hegemonía. En tiempos del Renacimiento llegaba a España de ultramar el llamado Palo de Campeche, un árbol de la familia de las leguminosas cuyas ramas facilitaban la consecución del tinte negro, el morado o el verde. Palo de tinte, Haematoxylum campechianum, el negro que se convertiría en la expresión más clara de la moda española. Sería la imagen de Felipe II y la imagen de España durante largo tiempo, una imagen de marca que aglutinaría conceptos como la austeridad, la seriedad, el rigor o la profundidad. Negro frente al colorido europeo. Negro como símbolo de poder, que no de tristeza, como símbolo de perdurabilidad, que no como pobreza mal entendida. Así lo entendieron los Austrias y así lo entendió el primer Borbón, Felipe V, que se revistió de negro cuando ocupó el trono de España. Negros son los ropajes de Pablillos de Valladolid en el retrato de Velázquez, la pintura que alabó Manet indicando que sólo “era aire lo que rodeaba al hombrecillo”. Negro sería le petite robe noir de Coco Chanel o el esmoquin femenino de Chanel. Negro para ellos y negro para ellas.
    Negros son algunos de los caballos de Sergio Romero Linares. Negro sobre fondo negro, la vuelta de tuerca de un pintor en torno a un color que es sobre todo un concepto. También caballos negros sobre fondo blanco. La tesis y la antítesis, la demostración de que el mundo cabe entre dos colores que algunos definen como la negación del color. O su condensación. Y un protagonismo absoluto al animal, a su porte, a su realidad y a la sombra que proyectan; al fondo blanco de aire velazqueño en el que pueden levitar o al paisaje de playa en el que se integran y donde se convierten en protagonistas. Porque su pintura, partiendo de los clásicos del Barroco, partiendo de los retratos ecuestres velazqueños, transita por caminos contemporáneos que se basan en el cambio de protagonismos y en la mirada más actual a partir del conocimiento profundo de los rudimentos de la pintura. La pintura mancha. La pintura provoca sensaciones. La pintura transforma. Sergio Romero Linares es artista de su tiempo y borra a la imagen del poder barroca, borra al Príncipe Baltasar Carlos, al Conde Duque, a Felipe III, a las reinas Margarita de Austria o Isabel de Francia. El protagonista absoluto ahora es el caballo, tan noble o más que sus antiguos dueños y señores, caballos que se estilizan, que posan en perfecta posición de firme o que galopan con el ritmo pausado del que sabe captado por unos pinceles. No es aventurado decir que los caballos de Sergio Romero asumen la prestancia de los antiguos retratos, el género que prostituyó Instagram para los humanos pero que mantiene su dignidad y su idea de ir más allá de una representación gráfica: es la captación de una sicología, aunque sea la de un animal. Un animal, no se olvide, revestido de la mayor nobleza.
    Frente al negro, el blanco. El caballo también puede ser blanco. Y entre ambos puede haber una infinita paleta de colores, como en la vida. Negro y blanco pueden ser colores de luto, según qué cultura. Negro y blanco pueden ser colores de boda, según las épocas. En un ejercicio de mirada al pasado, las fotos de nuestros abuelos y de nuestros bisabuelos nos pueden mostrar a las novias vestidas de cualquiera de los colores, así son los tiempos pasados. Pasarán las modas, pero lo esencial permanece. Quizás ahí esté la trascendencia de las obras de Sergio Romero, el pintor que
    se atreve a pintar a una novia de blanco sobre un fondo negro. Suena a literatura, como aquella Señora de rojo sobre fondo gris, pero también suena a descripción pictórica de inventarios de siglos pasados, fichas de catálogos para describir en muy poco espacio el contenido de una escena. Las obras de este artista parecen seguir la vieja máxima de lo menos es lo más, hasta en la propia titulación: caballo, novia, expiración, figura, cabeza, piernas... Decía Joan Miró que “era necesario superar lo plástico para llegar a lo poético” y Romero alcanza la perfección del soneto jugando con la elegancia de los endecasílabos y con la supuesta facilidad de las estrofas del romance. Hacer fácil lo difícil. Una conjunción difícil de alcanzar pero que puede tener uno de sus secretos en las miradas de sus retratos, la belleza inaccesible y la distinción en la mirada de Sofía, el espíritu que se escapa de una Expiración, la muerte hecha silencio meditativo que se funde con el negro del fondo, la mirada distanciada de un hombre o de una mujer que posan. Caben todos los mundos en las miradas de los retratados por Sergio Romero, elegidos que se convierten en seres trascendentes, otra vez Velázquez, como aquellos bufones barrocos que ya no son seres deformes, ni dementes pintorescos ni discapacitados burlescos, sino personajes que trascendieron a sus motes y a sus apodos. Ni Calabacillas, ni Primos ni Niños de Vallecas, cada retrato es un mundo y un ser humano dotado de la trascendencia que otorga un pincel. Casi una función divina en manos del artista.
    Blanco. Negro. Y cuerpo. Otra constante en la obra de Sergio es el cuerpo humano, el espíritu de un hombre representado en la dualidad de su naturaleza. El hombre s cuerpo y es espíritu. Es presente y es futuro. Tiene apego a la tierra y aspira a los cielos. Un hombre que expira es síntesis de una vida. Sobre el lienzo y la madera, dos materias para una sola existencia. Unas veces lo representa mirando a los cielos. Otras, con ojos cerrados posados en el suelo. Pero siempre captando la máxima expresión del más fugaz instante. Toda una vida pasa por unos ojos que miran al cielo que pretenden alcanzar, aunque los pies se aferren a la tierra. Una vida que puede ser del color que todavía vive en unos ojos o del negro de un cuerpo ya fundido. Fundido en negro. Ascensiones y muertes corporales y espirituales. Toda la curva a la que Gaudí atribuía origen divino da forma a un cuerpo estilizado, sintético, ascéticamente delgado, con cadera al aire que recoge la mejor tradición del Barroco en pleno siglo XXI. Síntesis de una vida y la síntesis de una tradición de siglos. No hacen falta cruces a hombres que son su propia cruz y que simbolizan la mejor y más naturalista simplificación de la iconografía cristiana. Cuadros humanos y divinos que son el triunfo de la vida aunque se enmascaren de muerte
    Blanco. Negro. Paisaje. Cuerpo. Mirada. Piel. Rojo como forma de velar al modo clásico, filtros al modo barroco en el tiempo de los filtros de las cámaras en un móvil. Mujeres que se hacen monocromías rojas. Azules que se hacen dueños y señores. Y un silencio que se convierte en parte de cada una de las obras. Si hubiera que pensar en el silencio como elemento que conforma un cuadro nos vendría pronto a la mente la obra de Francisco de Zurbarán, la escena de San Hugo ante el Papa en una entrevista en la que no hay más que hablar, las miradas bajas de los cartujos en un refectorio en el que la carne es un elemento del que prescindir: todo es mirada, todo es silencio, todo es el blanco de las telas cartujas. Hay silencio en las miradas de los retratados por Sergio Romero como hay silencio en el orden de un cuadro de Giorgio Morandi. El silencio de miradas que parecen cargar con el poso de una sabiduría de siglos, con la aceptación del propio yo y de las propias circunstancias. Rostros y paisajes silenciosos sabedores de que la trascendencia está por encima del diálogo superfluo, de la palabrería barata. Silencio de cartujos que sólo se rompía en saludos ocasionales: “Hermano, morir tenemos”. Y una respuesta de aceptación concisa: “Ya lo sabemos”. No puede haber más trascendencia.
    La obra de Sergio Romero bebe de esa trascendencia. Huye de los superfluo. Hace poesía de lo cotidiano, hace meditación de la pincelada. Nada a contracorriente. Choca con unos tiempos narcisistas y superficiales. Hace espíritu en sus anatomías, en sus carnes, en un tiempo de siliconas, de implantes y de retoques fotográficos. Crea arte condensado en tiempos de fuegos fatuos, elabora personalidades profundas en tiempos de vanidades perecederas, crea realidades en tiempos de apariencias. Es vanguardia que bebe y aprende de los clásicos para mirar hacia un futuro donde reinará la belleza, captando el alma de las cosas en un tiempo que se queda en las pieles superficiales. Su reino, su pintura, no es de este mundo. Afortunadamente.
  • More Information
    Documentation: Signed
    Origin: Spain
    Period: New
    Materials: Oil on Canvas
    Condition: New.
    Creation Date: 2020
    Styles / Movements: Contemporary
    Incollect Reference #: 515658
  • Dimensions
    W. 90.55 in; H. 122.05 in;
    W. 230 cm; H. 310 cm;
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